Esa noche nos habían contratado en una bonita posada en Burgohondo, Ávila. Llegamos a la prueba de sonido a las 19:30 y a diferencia de lo que suele suceder, encontramos a un monton de gente, los que serían nuestro público más adelante. Ya estaban bastante "contentos" a esas horas de la tarde, por culpa de una alargada sobremesa.
Unos se bañaban en la piscina (eso se avisa amigos, y nos traemos los bañadores), otros bebían Gin Tonics en el chiringuito de madera del jardín, otros hacían un corrillo con guitarras españolas haciendo su propio respaso al pop nacional e internacional.. "los teloneros", se autoproclamaron al presentarse. En realidad eran invitados a la fiesta que, además, estarían en primera fila más tarde durante el concierto, cantando las canciones con nosotros.
Vamos directamente al momento cumbre de la actuación, cuando prácticamente agotado el repertorio, Mario empieza a dar las gracias por el micrófono y a despedirse del público. "Noooo, ¡Otraaa, Otraa!" comienzan a decir, como suele suceder, y nos disponemos a sacar la traca final para satisfacer sus ansias musicales. En ese momento, sube al escenario el anfitrión y nos dice:
- No podeis parar ahora, queremos que toquéis más.
- Llevamos dos horas y pico de concierto, jefe. Hemos echado el repertorio entero prácticamente.
- ¿Cuanto queréis por tocar media hora más? Os pago ahora mismo para que no haya lios, lo de antes y lo de ahora.
Y delante de todo el público que miraba y todavía pedía "Otra, Otra", saca un fajo de billetes y empieza a remunerarnos mientras le contemplamos atónitos con las guitarras aún colgadas. Acto seguido tiene lugar una rápida negociación con 200 testigos, donde las variables eran tiempo, dinero y canciones. Tras el acuerdo, comenzamos a sacar temas de donde no hay, improvisando acordes sobre la marcha.
En mitad de la segunda o tercera canción, aparece alguien junto a Siddhartha, y le deja al lado del metrónomo otro fajo de billetes, nos sentíamos showgirls con cuerpos esculturales. Pero fue un fallo de coordinación del cliente, nos tocó devolverlo.
La contrapartida de ese rato tan cachondo que pasamos fue que el concierto acabó a las cinco de la madrugada, y no teníamos lugar donde dormir, ya que no estaba previsto acabar tan tarde. Todavía querían que nos fuesemos de fiesta con ellos, pero cargamos los coches y volvimos para Madrid, contemplando el amanecer en la carretera.
Dejamos una foto durante la cena, donde no sabíamos en absoluto lo que nos esperaba.